Decían en la materia de Antropología General que todo lo humano es cultura.
La forma de nacer, de sobrevivir, de comer, de enamorarse, de sentir, de percibir, de saber, de conocer y, claro, de morir… Todo es cultural. Vemos documentales en la televisión de cómo perciben otros grupos humanos, otras poblaciones en diferentes puntos del globo, el amor, la convivencia, el entretenimiento, la subsistencia, el trabajo, el aprendizaje… En cada caso, en cada grupo y hasta en cada individuo es diferente esta percepción y el cómo se afronta…
Lo que es constante en casi todas las culturas es que la muerte es una tragedia.
En mis años pre-universitarios tuve un amigo bastante cercano. Es como de mi edad pero para sus veintipocos años (en ese momento) ya había tenido una vida digna de una de esas épicas novelas latinoamericanas revolucionarias.
Cuando yo lo conocí ya llevaba algunos años viviendo en la periferia de la Ciudad de México. Era salvadoreño pero hablaba con un acento muy extraño, como de mexico-americano achilangado. Me simpatizaba mucho porque era de los pocos de toda la bandita aquella que les interesaba aprender sobre cualquier tema. Una vez que vio lo que estaba empezando a estudiar quería que solo le hablara de culturas prehispánicas. A cambio, él me contaba sus historias.
Así escuché sus historias infantiles en una ciudad en donde la muerte no era un asunto de mucha importancia sino igual de trascendente que la afluencia de agua. Contaba que en las noches sólo se oía el ruido de la metralla y gente corriendo en la calle, ante lo cual toda la familia tenía que dormir debajo de las camas. En las mañanas se hizo normal salir a la calle y ver pilas de muertos en las aceras y en las esquinas. También se le hizo normal jugar en las calles toreando balaceras y enfrentamientos entre los rebeldes y el ejército.
Sus historias de mojados en donde la vida vale exactamente lo mismo que tu mochila y donde todo (en verdad, todo) depende de a cuál tren te subas o cuál te deje… Aunque pasaron muchas cosas en el viaje y en efecto perdieron a varios compañeros en el trayecto, pudieron llegar sanos y salvos hasta Los Ángeles.
Así me contó la saga completa de Richard Ramírez, que tenía a toda la comunidad de Los Ángeles en vilo… Así me contó de primera mano lo difícil que es vivir y morir en Los Ángeles a salto de mata y siendo ilegal tanto para la sociedad legal como para todo el resto de la gente, siendo que no encajaba para nada en la comunidad hispana y cómo las demás minorías lo menospreciaban.
Él jamás lo expresó así pero su pensamiento era que mañana seguramente todo terminaría, así que solo quedaba vivir al día. Literalmente no habría mañana.
A pesar de haberse ya cohesionado con la cultura mexicana había un detalle que le costaba trabajo comprender:
- ¿Por qué aquí les da tanta alegría la muerte? Está bien que tampoco hay que ser tan dramáticos pero aquí parece que les da risa…
En ese momento le di la explicación académica que el sincretismo entre las tradiciones prehispánicas y europeas hacen que tomemos el Día de Muertos como una fiesta en donde nos burlamos de la muerte como única defensa ante su inevitabilidad y bla, bla, bla… Me acuerdo que se me quedó mirando con una expresión como de no entender nada de lo que le estaba diciendo para luego mirar hacia otro lado. Tiempo después, entre chela y chela, insistió “Es que los mexicanos deveras encuentran la muerte divertida… Y no es una cosa de fiestas o de días… Es de siempre…”.
Y ahí yo no entendí lo que me estaba diciendo, lo admito.
Pocos años después (quizá dos… O tres) nos hallamos varios miembros de ese grupito de amigos, algunos ya con pareja y -entre cervezas y demás bebidas espirituosas- alguien sacó una película. Se trataba de una parte de la famosa serie Faces of Death, en donde se muestran, a manera de documental, diversas muertes reales capturadas en video de manera accidental.
Ahora, el grupito extendido no era sólo de un montón de mexiquenses clasemedieros ebrios y un salvadoreño sino también de la novia de éste (una chica italiana muy sonriente) y un par de amigas de ésta… Una brasileña y una mexicana de alguna parte del norte del país.
Y ahí por fin –al notar las distintas reacciones de cada persona que atendimos a ver esa película- medio entendí lo que mi amigo me había querido decir sobre la actitud mexicana ante la muerte.
Ni uno solo de los mexicanos ahí reunidos respingamos al ver sangre, muerte, sesos desperdigados, tripas, y toda clase de fluidos humanos derramados. Vimos el suicidio de un empresario capturado en video sin alterar nuestra expresión, vimos el video de la muerte de Luis Donaldo Colosio como si viéramos la repetición de un partido de futbol, vimos un raro video de una masacre en Rwanda… A veces hasta con una sonrisa en la comisura de la boca.
El amigo salvadoreño tenía una expresión sorprendida ante todo el espectáculo. No de miedo sino de esa sorpresa perenne que debiera ser afrontar de primera mano a la muerte… La italiana y la brasileña estaban horrorizadas y la palabra puede quedarse corta. La italiana parecía a punto de llorar y la brasileña parecía a punto de derrumbarse también. La norteña parecía interesada pero también exhibía un desapego emocional casi helado… Una actitud de “Ah, si… Esas cosas pasan”.
En el momento quise racionalizar esto como que los mexicanos que ahí estábamos éramos jóvenes clasemedieros semieducados por la televisión, en donde escenas similares eran cosa de todos los días.
Pero vamos… Bajo ese entender nuestro amigo salvadoreño DEBÍA de tener la misma actitud que nosotros y aunque -a diferencia de su novia italiana- la película no se le hizo un espectáculo lamentable y repelente si se le hizo como un material que debía ser manejado con cuidado y que no debía de dejarse al alcance de cualquiera…
O sea, éramos la gente que NO había tenido contacto directo con la muerte a las que aquellas imágenes se nos hacían más naturales. Nuestro amigo salvadoreño había crecido tuteando a la muerte y teniéndola de cerca como una compañera de viaje más y aún así le tenía un férreo respeto. La trataba con naturalidad y despreocupación pero si le tenía respeto.
Pero aún no veía el punto central de lo que pasaba. Tardarían años antes de que lo pudiera siquiera vislumbrar…
A mi amigo le perdí la vista hacia 1996… Hasta donde sé, luego vivió un tiempo en Zipolite, Oaxaca antes de empezar su verdadero vagar. La última vez que tuvimos noticias de él (allá por 2009) estaba viviendo en Florencia, Italia…
Pasó mucho, mucho tiempo. Para el cambio de año de 2009-2010 yo estaba asilándome (es la mejor expresión que hay ya que no se puede decir que estuviera viviendo ahí) en San Martín de las Pirámides, Estado de México. Motivo: trabajo.
En algún otro espacio mencioné que de hecho había vivido en Teotihuacán (el municipio adyacente) unos años atrás y que esa era mi segunda temporada de habitar el Estado de México profundo. Sin embargo, en aquella primera temporada yo estaba completamente metida en el ambiente laboral y/o social (en ese tiempo era lo mismo) y que obedecía las mecánicas de comportamiento de la gente que me rodeaba sin siquiera pensar en ello. En ese tiempo asumía que a tierra que fuere debía hacer lo que viera sin poner en tela de juicio nada y participar activamente en las ideas y costumbres de la comunidad.
En esta segunda etapa estuve como más despierta, más lúcida y (mucho) más crítica de lo que pasaba a mi alrededor. Esto, como parte de una transformación personal que no viene al caso detallar pero también porque esta vez tuve algo que la primera vez no tuve: una intérprete de lo que veía y que me lo narraba de primera mano. Alguien del pueblo que si veía las cosas como eran y no tenía miedo a expresar su opinión.
La primera vez entreveía que la gente del pueblo era muy machista (hombres y mujeres por igual) y aunque podía estar en desacuerdo con sus ideas en realidad no me interesaban. Ahora oía las opiniones auto descalificativas de las mujeres, ensalzando las características masculinas y no podía evitar entrar en cólera. Antes veía que la violencia y la negligencia eran lo normal en la actitud de la gente y se me hacía una actitud provinciana casi encantadora pero ahora lo veía como peligroso. Esa desidia por procurarse su propio bienestar, ese abandono ante su propia condición. Esa decisión a seguir votando por los candidatos más dañinos mientras tanto les regalen lonas y cubetas. Esa falta de preocupación por su propia seguridad…
Y tardé un tiempo pero ahí lo entendí por fin.
La cultura mexicana es inevitablemente una cultura provinciana y rural. Más de cuatro quintas partes de la población del país viven o provienen de pueblos pequeños y cerrados como San Martín de las Pirámides… En pueblos donde aún hay patriarcados y una mentalidad que premia y promueve las conductas violentas y de humillación a los demás, especialmente si son grupos considerados “débiles”, como las mujeres o los niños. Sociedades en donde se alienta la competencia y la descalificación, aunque sea en las cosas más estúpidas (tipo partidos de futbol improvisados) o intrascendentes. Sociedades en donde lo que se sale de lo que ellos consideran “normalidad” debe ser violentado y erradicado de inmediato, en un intenso temor a Lo Otro, Lo Diferente.
Son pueblos completamente embebidos en una absurda y casi medieval doble moral, en donde se exige un comportamiento aparentemente íntegro pero se alienta un comportamiento desordenado, negligente y criminal en tanto no trascienda más allá del silencio cómplice de género. Y esto aplica para tanto hombres y mujeres.
En resumen, un paisaje en donde gobierna el machismo en su peor aspecto. Un ambiente en donde la muerte y el crimen son omnipresentes y tododopoderosos.
En verdad al mexicano le divierte la muerte. Desde época prehispánica nuestra cultura está llena de elementos mórbidos y se mueve toda alrededor de ellos. Le gusta ver el dolor, el sufrimiento, la agonía, el desconsuelo, siempre que sea inflingido a otra persona (¿Por qué el éxito de las obras donde se escenifica la Pasión de Cristo). El mexicano se divierte y se regodea en la sangre, en las tripas, en el universo gore en el que está inmerso su cultura. Y lo hace porque esa dominación machista del pensamiento provinciano le mueve a creer al mexicano promedio que es más macho si se divierte con el sufrimiento ajeno.
Tras entender esto me di cuenta que si en México no existen muchos asesinos seriales identificados no se debe a que no existan, sino porque la gente aquí ve como algo muy normal que haya verdugos autoproclamados caminando entre nosotros y que inclusive los ayudan porque son un modelo de conducta a seguir. En el caso de los que llegaron a ser detenidos fue por suerte (El caso de Juana Barraza La Mataviejitas o de José Luis Calva Zepeda) o porque llegaron a molestar a alguien con más autoridad que ellos (Goyo Cárdenas, Las Poquianchis) ¿En verdad alguien hubiera denunciado a El Coqueto si no hubiera dejado viva a su última víctima? No, el mexicano no es así. No queremos ser los chismosos, los que se ponen a intervenir en los asuntos de los que exhiben poder físico, político o económico. No aspiramos a seguir la ley, aspiramos a romperla y hacer lo que queramos.
Esa es la esencia mexicana.
Un asesino serial en la provincia rural pasaría inadvertido, es la verdad. ¿Cuál es la triada de MacDonald que apunta a un comportamiento violento desde temprana edad? Incendios provocados, crueldad hacia los animales y enuresis (mojar la cama). Si uno se da un paseo antropológico por el México provinciano se dará cuenta que los dos primeros puntos son hasta estimulados y recomendados como juego entre los varones: quemar y matar animales torturándolos… Y de lo tercero NADIE va a hablar porque no es de machos orinarse en la cama. A través del desarrollo de éstas personas continuamente se le seguirán promoviendo y auspiciando esas conductas violentas y criminales hasta que desarrollen una psicosis y comportamientos francamente antisociales que –a su vez- resultarán en ejemplos y modelos a seguir para las nuevas generaciones.
Piensa, oh patria querida que el cielo un asesino serial en cada hijo te dio.
Teniendo en cuenta eso nos queda claro por qué México está sumiéndose más y más en la violencia. No son los tiempos y la descomposición social lo que nos arrastran (aunque bueno, tampoco ayudan) sino la decadencia de una cultura anquilosada y casi feudal que nunca estuvo a la altura de los tiempos. Mientras sigamos promoviendo esta cultura de muerte y destrucción este país seguirá cayéndose a pedazos.
Ante tal escenario me doy cuenta que no puedo ni modificar ni cambiar un ápice de la realidad en que estamos inmersos en este país. Ni hoy, ni mañana ni en 50 años. Ni yo sola ni 100 como yo. La gente está demasiado integrada en su ignominia para poder siquiera ver lo que les trato de decir. Hey, si hasta yo tardé hasta 15 años en poderlo siquiera vislumbrar…
He imaginado, entonces, que nosotros, lectores mexicanos acostumbrados a las sangrientas portadas de diarios -donde se muestran decapitados, desmembrados, balaceados, desollados, quemados y demás- que abarrotan cada esquina de nuestras ciudades a tal punto que ni siquiera lo vemos como algo a lo que se le deba prestar atención debamos empezar a forzar a verlo, aunque sea gradualmente y aunque sea con un poco de riqueza y un poco de buen gusto.
Es como dice Thomas De Quincey en su obra “Del Asesinato como una de las Bellas Artes”: Nos debe horrorizar el aspecto ético del asesinato, pero si no hay forma de evitarlo y sólo tenemos forma de atestiguarlo sin poder intervenir ¿Qué se puede hacer? Lo único que queda es tomar asiento y observarlo por sus méritos estéticos. Después de todo, si nos ponemos estrictos sería un subgénero dramático: un happening, un performance al que hay que apreciar por las habilidades de su autor, por las circunstancias en que está envuelta la obra y el mensaje total en el subtexto del ambiente en que se haya inmerso.
No finjamos demencia. Como mexicanos sabemos apreciar las carnicerías, las masacres, la crueldad y la deshumanización. Es mejor aquilatarlo y sentarse a observarlo, no con alarmismo, no con la estúpida doble moral con que queremos ver todo, sino apreciarlo como lo que es: una obra humana que puede ser probada estéticamente y que puede enaltecer los sentidos. Una obra cultural.
Mi idea, con este blog, es exponer el asesinato y la muerte de manera artística, fluida, con el objetivo de ir volviéndolos a integrar en nuestra vida emocionalmente. Si bien ya no podremos ver al crimen como algo reprobable o repudiable tampoco lo veremos como una parte más del paisaje… Por lo menos nos obligaremos a apreciarlo y no dejarlo de lado, como la piedra en medio del camino o la pintura de las casas. Lo veremos como algo trascendental, y espero que con el ejercicio de detenerse y apreciar los detalles seamos capaces de sentir algo… Pena, irritación, angustia… Algo que nuestra educación y nuestra cultura (que se ha evadido de la empatía) nos han impedido sentir.
Quizá sirva. Es mejor que lo haga. Hay casos que he estudiado para integrarlos que me han angustiado. Espero que les cause un efecto similar. Que se identifiquen con algo, que sientan algo, que aunque no lo reprueben o les lleve de horror por lo menos les haga pensar.
Otra vez. No puedo lograr que haya un cambio en la cultura mexicana. Es una misión imposible luchar contra casi 2000 años de símbolos e ideas preestablecidas. Sin embargo quizá logre que algunos lectores puedan sensibilizarse otra vez ante el asesinato. Ya sería un adelanto.
El ser humano es quien hace las obras del Diablo, y el Diablo está metido en cada hombre. Por eso hay que ponerle siquiera un poquito de corazón y belleza. Confíen en mí. Les va a agradar el viaje, lo se…









Excelente publicación. Esto se aplica a lo que vivimos en Monterrey, ya la gente solo ve cada dia en los periodicos notas de asesinatos, balaceras, etc tal grado que ya es normal.
ResponderEliminarTal vez la gente en algún momento se de cuenta que se esta perdiendo la humanidad.